Roberto Saviano
MEXICO, DF, 15 de febrero (proceso).- Osiel (Cárdenas Guillén, el capo del Cártel del Golfo) es famoso porque no comete errores y no perdona a quien se equivoca. Pero hasta él acabaría cometiendo un error, y con las personas equivocadas. Corre el mes de noviembre de 1999 y un agente de la DEA, Joe DuBois, y uno del FBI, Daniel Fuentes, viajan a bordo de un Ford Bronco con matrícula diplomática; en el asiento posterior un informador del Cártel del Golfo duerme con la frente aplastada contra la ventanilla. El informador lleva a los dos agentes a dar una vuelta por las casas y los locales de los capos del Cártel del Golfo en Matamoros. Inspeccionan la zona en vano. No se despierta ni siquiera cuando el Ford Bronco frena en seco y del exterior llegan voces demasiado conocidas. “¡Ese hombre es nuestro, gringos!”. El coche de los agentes se ve rodeado por algunos vehículos de los que emergen una docena de miembros del cártel apuntándoles con sus AK-47 (“) El tiempo se congela, los actores en escena se desafían sin enseñar demasiado los músculos: un movimiento equivocado y lo que parece una negociación puede convertirse en una carnicería. Entonces el agente del FBI prueba suerte: “Si no nos dejas ir, el gobierno de Estados Unidos te perseguirá hasta la tumba”. Osiel cede, les grita a los gringos que ése es su territorio y que no pueden controlarlo y que no vuelvan a dejarse ver por aquella zona; luego ordena retroceder a los suyos. El agente del FBI y el de la DEA dan un suspiro de alivio.