“El Chato” Rivera: Biografía de la ambición

CIUDAD DE MÉXICO (proceso).- A principios de los años sesenta monseñor Antonio López Aviña, entonces arzobispo de Durango, le aconsejaba a su joven protegido, Norberto Rivera Carrera, que para ejercer el poder se requiere guardar en la memoria todos los rostros y llamar a la gente por su nombre, y además, que las deferencias –sobre todo con los superiores– son muy redituables para conseguir o sostenerse en cualquier cargo eclesiástico.

A López Aviña –de línea conservadora y raigambre cristera– le había funcionado muy bien esa postura cortesana para escalar posiciones y conseguir el arzobispado de Durango, donde logró mantenerse por más de 30 años y desde el cual conquistó fuerte influencia sobre gobernadores, empresarios y políticos locales.



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