La impunidad

Ciudad de México (Proceso).– Pese a los niveles de violencia que la administración de la 4T ha acumulado en cuatro años, López Obrador se empeña en mantener su estrategia de seguridad de “abrazos y no balazos” y de atacar lo que supone es la causa de la violencia: la pobreza, aunque no tengamos 50 millones de asesinos y criminales.

La estupidez del razonamiento –si a eso puede llamarse razonar– es que tanto para Calderón y Peña Nieto en su momento, como para López Obrador hoy, la seguridad se reduce a un asunto de violencia: presencia o abstención. Al final, los extremos se tocan. Los tres han terminado por exacerbar el crimen (121 mil 633 asesinatos y 17 mil 210 desapariciones en el gobierno de Calderón; 156 mil 437 y 35 mil 305, respectivamente en el de Peña Nieto y 121 mil 655 y 21 mil 500 sólo en los cuatro años de gobierno de la 4T).

Lo injustificable

 

Ciudad de México (Proceso).–En 1951 la publicación de El hombre rebelde de Albert Camus llevó a su autor a una dura polémica con Jean-Paul Sartre en Les Temps Modernes, que entonces dirigía. El fondo de ella, iniciada por uno de sus colaboradores, Francis Jeanson, era la acusación de que con su crítica a la izquierda estalinista y su denuncia de los campos de concentración soviéticos, Camus traicionaba a la clase obrera de la que provenía y pasaba a formar parte de la derecha. Tanto para Sartre como para Jeanson, las promesas de justicia del marxismo justificaban el crimen por más indignante y espantoso que fuera. No eran, por lo tanto, de la misma especie que aquellos cometidos por el fascismo. Bajo ese criterio, uno y otro soslayaban tanto la base del pensamiento de Camus: la negativa a justificar el crimen aún en nombre de los más hermosos sueños, como la no menos dura crítica que el propio Camus hacía en el mismo libro al fascismo y a la derecha católica.

El desequilibrio

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).-  El equilibrio, dice la etimología, es la tensión entre fuerzas contrarias que se contrarrestan generando una estabilidad. Cuando el equilibrio se pierde surge el caos, el desorden, la caída.

Desde la Roma antigua, el orden político en Occidente radica en el equilibrio entre la auctiritas y la potestas, entre el poder espiritual y el poder político o, para hablar en términos modernos, entre la legitimidad (la capacidad moral y socialmente reconocida para emitir una opinión sobre una acción política) y la legalidad (el poder jurídico que se tiene para hacer cumplir una acción de esa naturaleza). Quien mejor ilustra ese equilibrio es el frontispicio que abre la primera edición del Leviatán de Hobbes: un soberano gigantesco, cuyo cuerpo, formado de miles de hombres, abraza al mundo con el báculo de la legitimidad y la espada de la legalidad. Ninguno de esos poderes que conforman al Estado es mejor que el otro. Son esferas separadas que, al mismo tiempo que son distintas, se complementan creando el equilibrio de un buen gobierno. Si una se sobrepone a la otra, el desorden se establece. La primacía de la legalidad sobre la legitimidad termina en El castillo de Kafka, donde los ciudadanos, sometidos a procedimientos legales absurdos, son excluidos de la justicia y doblegados por leyes impías. La primacía de la otra desemboca en el Tercer Reich de Hitler o en el Terror de Robespierre, donde en nombre de una moral sin contrapesos legales, los ciudadanos son igualmente excluidos de la justicia y sometidos a controles aberrantes. En ambos casos, el equilibrio de la vida política desaparece y lo que prevalece es una forma del caos, cuya metáfora más próxima es el infierno: un gobierno penitencial en el sentido primero de la palabra “penitencia”, dolor, disgusto, sufrimiento, pena.

Conservadores

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La palabra “conservar” es hermosa. Tiene que ver con el cuidado y la preservación. Quien cuida algo es un “conservador”, alguien con una fina conciencia de la responsabilidad. El término, sin embargo, se pervirtió a partir de la Ilustración, que comenzó a cargarlo de contenidos negativos. El primero en hacerlo fue René de Chateaubriand, que en 1819 lo usó para definir a quienes se oponían a las ideas ilustradas y a los cambios políticos traídos por la Revolución Francesa e introdujo el término “conservadurismo”. Desde entonces la palabra perdió sus contornos hasta convertirse en una forma de insulto.

El término, que para Chateaubriand explicaba algo concreto y en los ámbitos de la filosofía política posteriores, algo cada vez más difícil de enmarcar por la complejidad de las ideologías surgidas de esos cambios históricos, se volvió un calificativo impreciso en el lenguaje de la politiquería partidista. Ser “conservador” se volvió sinónimo de “retrógrado”, “reaccionario”, “explotador” o, en términos del español de México, “ojete”: “Persona cobarde y de malas intenciones, que actúa con mala fe y con el propósito de dañar a los demás aprovechándose de ellos”.

Sexta carta abierta a López Obrador

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Disculpa, Andrés, que ya no me dirija a ti como “querido”. A fuerza de ver cómo haz abdicado de la verdad, la justicia y la paz, te saliste hace tiempo del corazón. Disculpa que tampoco lo haga diciéndote “presidente”. Al abdicar de ello, tú mismo te has encargado de manchar lo que querías proteger, la “investidura”. Si algún sentimiento me queda hacia ti es lástima, esa sensación de tristeza y ternura por la manera en que, al exhibirte cada mañana como un viejito pendenciero en un reality show, degradas al hombre que quisiste ser. A veces, si no te habitara ni te rodeara la tragedia y tus acciones no tuvieran consecuencias graves, una sensación de divertimento: hay en ti un gran talento para la opereta.

Sé que al escribirte una carta más –es la sexta– peco no sólo de ingenuidad. Me arriesgo también a que, una vez más me suban al patíbulo de tus redes, me insulten, me llenen de escarnio y, si tengo la mala suerte de encajarte un berrinche (no hay peor cosa que caer en manos del dios vivo que “encarna a la nación, a la patria y al pueblo”, esa versión Morena y mexica de: “El partido es Hitler. Hitler es Alemania, Alemania es Hitler”), volverme un perseguido más. Son los gajes de habitar este infierno que administras con saña y desprecio. Pero quiero hablarte de lo que en estos tiempos miserables es lo único que debería importar y que, en medio de tanta vulgaridad, ha quedado reducido a meras notas rojas.

La invisibilidad de las víctimas

CIUDAD DE MÉXICO (proceso).- Abrimos 2022 bajo un signo inquietante: el crecimiento de la violencia y la ausencia de nombres, historias y sufrimientos de quienes las padecen. Enterradas bajo el anonimato de las cifras, de la nota roja, del relato y el ejercicio de la crueldad, las víctimas, a lo largo de este sexenio, han vuelto a desaparecer de la conciencia pública como en las épocas de Calderón y Peña Nieto. Si aparecen son sólo como un síntoma del poder que se ejerce sobre ellas y no como los sujetos del horror. Son, por desgracia, los derrotados, los desechados, los desaparecidos, que sólo importan en la medida en que permiten mostrar y relatar el poder de la violencia. Ya sea ilegal –la que ejerce el crimen organizado– o legal –la que se ejerce desde los gobiernos y las redes sociales, como la que promueven las series de narcos, los narcocorridos y los videojuegos–, la violencia y no las víctimas es el actor principal de la narrativa en México. Es, como lo señala Enrique Díaz Álvarez en su agudo ensayo La palabra que aparece, el testimonio como acto de superviviencia (Anagrama, 2021), el relato que exalta la fuerza de los vencedores sobre los débiles, sobre los enemigos, sobre los que no supieron eludir la fuerza de su oponente o “se lo merecían” o estaban “en el lugar equivocado”.

Con todo el temor y la reprobación que provoca, la violencia, dice Elías Canetti, genera prestigio en quien la ejerce (aunque a veces no osemos confesarlo); genera también espectáculo y rating. Los héroes y los villanos –lo muestran no sólo los relatos de las grandes violencias, sino las contiendas deportivas y las películas de Hollywood– están hechos de aquellos a quienes han vencido. Ambos necesitan enemigos y necesitan vencerlos. Eso causa temor, pero también expectación en el imaginario público. Vencer no es sólo la pasión del poder; es también una de las pasiones más fuertes de los seres humanos.

El Reino

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Las fiestas son esos momentos de detención en que ponemos entre paréntesis la vida y sus múltiples conflictos, no para fugarnos de ella, sino para meditar. La Navidad, que acabamos de celebrar, es en la historia de Occidente uno de esos grandes momentos.

Más allá de la deslegitimación que el mercado ha hecho de ella, convirtiéndola en una fiesta del consumo, la Navidad sigue siendo un misterio fundamental. Es la fiesta de la Encarnación, de la renuncia de Dios a su poder para nacer, como uno de nosotros, en la pobreza de un establo. Es la fiesta de la llegada del Reino que ese niño predicará cuando crezca.

Anomia

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En el antiguo Egipto, dice el filósofo Rüdiger Safranski, existía un mito fundacional sobre lo que hoy llamamos Estado. Estaba representado por Shou, dios del aire. Su tarea era “mantener levantado el cielo sobre la tierra para que éste no se desplomara” y el mundo, devorado por la anomia (ausencia de orden), dirían los griegos, volviera al caos (al abismo, a la oscuridad). El Estado era “la catástrofe detenida”, el “origen del mundo estable”.

Desde entonces esa idea ha prevalecido en Occidente bajo los conceptos de “legalidad” y “legitimidad”, formas modernas de lo que antiguamente eran la potestas y la auctoritas, el “poder temporal” del Estado y el “poder espiritual” de la Iglesia.