El cristal con que se mira

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Quizá los estragos post pandemia no sean sólo el dolor de las ausencias, las secuelas de la infección y la precariedad económica. Otra consecuencia del maldito coronavirus podría ser un mal aprendizaje: la percepción de que los seres humanos nos estorbamos unos a otros. No me refiero a la socialización: el riesgo no es que nos convirtamos en una sociedad de ermitaños, si vale el oxímoron, sino que crezca la desconfianza y el rechazo a la otredad. Tampoco hablo solamente de una actitud consciente de miedo al contagio; temo un daño inconsciente más profundo, un recrudecimiento del segregacionismo, de la pulsión de erigir barreras y fabricar enemistades.

Hay una vacuna para eso, y se llama perspectiva. Más que como año de calamidades, haríamos bien en ver el 2020 como invitación a las revaloraciones. “Todo es relativo”, solíamos decir en la escuela, deslumbrados por el relativismo, cuando caíamos en la cuenta de que habíamos despreciado o subestimado a alguien que a la luz de nuevos acontecimientos o en comparación con otras personas nos parecía más valioso. Y, sí, en este annus horribilis aquilatamos a médicos y enfermeras desconocidos y trabajadores de servicios esenciales que antes nos eran invisibles o de quienes, con demasiada frecuencia, nos quejábamos. Podemos concebir la otredad como algo bueno, podemos hablar del “extraño amigo”. Podemos comprender que quienes no se parecen a nosotros, quienes no piensan como nosotros, no son por ello malos y mucho menos han de ser nuestros enemigos.



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